“No seas lo que los demás esperen que seas, se lo que tu quieras ser, se tu mismo(a)”.
BIENVENIDO
Espero te guste y compartas tu opinión.
Gracias.
Gracias.
Hora Ciudad de México
martes, 25 de octubre de 2011
jueves, 13 de octubre de 2011
miércoles, 5 de octubre de 2011
jueves, 29 de septiembre de 2011
VIVIENDO
Cada oportunidad vivida, cada oportunidad planteada nos acerca más a nuestros sueños.
Cada día más y más cerca, siendo feliz en el ahora.
H de Luz
EL TIEMPO
Si abrimos el corazón, sí hay tiempo,
mucho tiempo, para ayudar,
para acompañar, para servir,
para amar.
Un niño invita a su padre
o a su madre a jugar un rato.
¿Respuesta?
“No tengo tiempo”.
Luego el padre o la madre dedican
más de dos horas al chat.
Un joven llama por teléfono a su amigo.
Quiere desahogarse, ser escuchado.
Después de 5 minutos,
del otro lado escucha:
“Mira, ahora estoy muy ocupado
y no tengo tiempo para seguir.
Si quieres, otro día hablamos”.
Luego, el amigo “muy ocupado”,
se sienta en un sofá para matar
la tarde con un videojuego.
La esposa le pide al esposo
salir de compras.
Él le dice que no tiene tiempo.
Luego, le llaman sus amigos
para ir a jugar golf.
Y va.
Las situaciones son muchas.
Los motivos para decir
“no tengo tiempo”
cambian de persona a persona.
Unos, realmente válidos,
indican que tenemos
urgencias inderogables:
si hay un familiar enfermo
tenemos que ir al hospital
y por eso decimos
“no tengo tiempo”
a quien nos pida algo en este momento.
Otros, menos válidos (a veces fútiles)
simplemente nacen
de nuestras preferencias, gustos,
planes personales.
Si preferimos un rato de televisión
en vez de escuchar a un anciano
que quiere ser atendido, no digamos
“no tengo tiempo”. Seamos sinceros,
y digamos, al otro y a nosotros mismos,
que preferimos descansar en vez
de ese gesto hermoso pero a veces difícil
de ofrecer oídos, corazón y tiempo
a quien nos lo pide.
Sólo cuando seamos sinceros
y determinemos con claridad dónde
se nos escapa el tiempo,
qué gustos nos atan a banalidades
o a cosas serias pero no imprescindibles,
cómo perdemos momentos preciosos
de la propia vida en asuntos que satisfacen provisionalmente pero luego nos dejan
descontentos y vacíos,
podremos tener el valor de reorientar
nuestras preferencias.
Si, además, abrimos el corazón
a las luces de Dios,
si dejamos purificar el alma de avaricias
y perezas que nos atan al mundo
y a la carne,
descubriremos que sí hay tiempo,
mucho tiempo, para ayudar,
para acompañar, para servir, para amar,
sobre todo a quienes viven a nuestro lado.
F. Pascual
mucho tiempo, para ayudar,
para acompañar, para servir,
para amar.
Un niño invita a su padre
o a su madre a jugar un rato.
¿Respuesta?
“No tengo tiempo”.
Luego el padre o la madre dedican
más de dos horas al chat.
Un joven llama por teléfono a su amigo.
Quiere desahogarse, ser escuchado.
Después de 5 minutos,
del otro lado escucha:
“Mira, ahora estoy muy ocupado
y no tengo tiempo para seguir.
Si quieres, otro día hablamos”.
Luego, el amigo “muy ocupado”,
se sienta en un sofá para matar
la tarde con un videojuego.
La esposa le pide al esposo
salir de compras.
Él le dice que no tiene tiempo.
Luego, le llaman sus amigos
para ir a jugar golf.
Y va.
Las situaciones son muchas.
Los motivos para decir
“no tengo tiempo”
cambian de persona a persona.
Unos, realmente válidos,
indican que tenemos
urgencias inderogables:
si hay un familiar enfermo
tenemos que ir al hospital
y por eso decimos
“no tengo tiempo”
a quien nos pida algo en este momento.
Otros, menos válidos (a veces fútiles)
simplemente nacen
de nuestras preferencias, gustos,
planes personales.
Si preferimos un rato de televisión
en vez de escuchar a un anciano
que quiere ser atendido, no digamos
“no tengo tiempo”. Seamos sinceros,
y digamos, al otro y a nosotros mismos,
que preferimos descansar en vez
de ese gesto hermoso pero a veces difícil
de ofrecer oídos, corazón y tiempo
a quien nos lo pide.
Sólo cuando seamos sinceros
y determinemos con claridad dónde
se nos escapa el tiempo,
qué gustos nos atan a banalidades
o a cosas serias pero no imprescindibles,
cómo perdemos momentos preciosos
de la propia vida en asuntos que satisfacen provisionalmente pero luego nos dejan
descontentos y vacíos,
podremos tener el valor de reorientar
nuestras preferencias.
Si, además, abrimos el corazón
a las luces de Dios,
si dejamos purificar el alma de avaricias
y perezas que nos atan al mundo
y a la carne,
descubriremos que sí hay tiempo,
mucho tiempo, para ayudar,
para acompañar, para servir, para amar,
sobre todo a quienes viven a nuestro lado.
F. Pascual
miércoles, 28 de septiembre de 2011
LA GRATITUD
G A N A R
R I S A S
A M I S T A D
C O N F I A N Z A
I N C R E M E N T O
A M O R
S I E M P R E
H de Luz
R I S A S
A M I S T A D
C O N F I A N Z A
I N C R E M E N T O
A M O R
S I E M P R E
H de Luz
lunes, 26 de septiembre de 2011
Los gatos y nosotros:
que los gatos no hacen nada,
son perezosos y todo lo que hacen
es comer y dormir.
¡No es así!
¿Usted sabia que los gatos tienen
una misión en nuestra vida?
¿Alguna vez se ha puesto a pensar
porque tantas personas hoy en día tienen gatos,
más que el número de personas que tienen perros?
Aquí está una serie de datos sobre
la vida secreta de los gatos.
Todos los gatos tienen el poder de,
diariamente, remover energía negativa acumulada
en nuestro cuerpo. En cuanto dormimos,
ellos absorben esa energía.
Si hay más de una persona en la familia,
y sólo un gato, él puede acumular
una cantidad excesiva de negatividad
al absorber energía de tantas personas.
Cuando duermen, el cuerpo del gato libera
la negatividad que eliminan de nosotros.
Si estuviéramos excesivamente estresados,
pueden tener el tiempo suficiente
para liberar tal cantidad de energía negativa,
y consecuentemente se acumula
como gordura hasta que pueden liberarla.
Por tanto, ser vuelven gordos –
y usted piensa que era la comida
con la que usted los alimentaba!
Es bueno tener más de un gato en casa
para que la carga sea dividida entre ellos.
Ellos también nos protegen durante la noche
para que ningún espíritu indeseable
entre en nuestra casa o cuarto mientras dormimos.
Por eso les gusta dormir en nuestra cama.
Si consideran que estamos bien,
no dormirán con nosotros.
Si hubiera algo extraño pasando a nuestro alrededor,
saltarían a nuestra cama y nos protegerían.
Si una persona viniera a nuestra casa
y los gatos sintieran que esas personas
están ahí para perjudicarnos
o que sus intenciones no son positivas,
los gatos nos rodearían para protegernos.
Cuando mis gatos comenzaron
a hacer eso conmigo,
no entendía porque se quedaban encima
de mí o en mis pies.
Después supe que me estaban protegiendo.
Entonces, mis oídos y
mis ojos buscan inmediatamente
ver la reacción de mis gatos para ver que
van a hacer cuando alguien entre a mi casa.
Si para la persona, a olerla y quieren
ser acariciadas por esa persona,
sé que me puedo relajar.
Si usted no tiene un gato,
y un gato callejero entra en su casa adoptándola
como su hogar,
es porque usted necesita de un gato
en ese momento en particular.
El gato callejero se ofreció como voluntario
para ayudarlo a usted.
Agradezca al gato por escoger su casa
para ese trabajo.
Si usted tiene otros gatos y no puede quedarse
con los callejeros,
encuentre un lugar para él.
El gato llegó a usted por una razón desconocida
para usted a nivel físico, pero en sueños usted
puede ver la razón del aparecimiento del gato
en ese momento, por si quisiera saber.
Por tanto, no asuste al gato.
Los gatos nos curan.
Los gatos son criaturas adorables.
Aman a sus dueños por encima de todo,
pero tienen una manera diferente de amar...
Son nobles.
¡Ellos son grandes amigos y compañeros!
¡Son dulces, amigables y fieles!
Las personas alérgicas a los gatos
son emocionalmente incapaces
de amar a alguien con profundidad,
porque reprimen sus verdaderos sentimientos!
Adopte un gato, su vida nunca más serás la misma!
LAS TRES VIRTUDES
La del vaso, que retiene y que no da nada.
La del canal, que da y no retiene.
La de la fuente, que crea, retiene y da.
Y entonces comprendí que, hay seres humanos-vaso,
cuya única ocupación es almacenar virtudes,
ciencia y sabiduría, objetos y dinero.
Son aquellos que creen saber todo lo que hay que saber;
tener todo lo que hay que tener,
y consideran su tarea terminada cuando han concluido su almacenamiento.
No pueden compartir su alegría,
ni poner al servicio de los demás sus talentos,
ni siquiera repartir sabiduría.
Son extraordinariamente estériles; servidores de su egoísmo;
carceleros de su propio potencial humano.
Por otro lado existen los seres humanos-canal,
son aquellas que se pasan la vida haciendo y haciendo cosas.
Su lema es: "producir, producir y producir".
No están felices si no realizan muchas muchísimas actividades
y todas de prisa, sin perder un minuto.
Creen estar al servicio de los demás,
fruto de su neurosis productiva,
cuando en realidad su accionar es el único modo
que tienen de calmar sus carencias; dan,
dan y dan; pero no retienen.
Siguen dando y se sienten vacíos.
Pero también podemos encontrar
seres humanos-fuente, que son verdaderos
manantiales de vida.
Capaces de dar sin vaciarse,
de regar sin decrecer,
de ofrecer su agua sin quedarse secos.
Son aquellos que nos salpican "gotitas" de amor,
confianza y optimismo,
iluminando con su reflejo nuestra propia vida.
La del canal, que da y no retiene.
La de la fuente, que crea, retiene y da.
Y entonces comprendí que, hay seres humanos-vaso,
cuya única ocupación es almacenar virtudes,
ciencia y sabiduría, objetos y dinero.
Son aquellos que creen saber todo lo que hay que saber;
tener todo lo que hay que tener,
y consideran su tarea terminada cuando han concluido su almacenamiento.
No pueden compartir su alegría,
ni poner al servicio de los demás sus talentos,
ni siquiera repartir sabiduría.
Son extraordinariamente estériles; servidores de su egoísmo;
carceleros de su propio potencial humano.
Por otro lado existen los seres humanos-canal,
son aquellas que se pasan la vida haciendo y haciendo cosas.
Su lema es: "producir, producir y producir".
No están felices si no realizan muchas muchísimas actividades
y todas de prisa, sin perder un minuto.
Creen estar al servicio de los demás,
fruto de su neurosis productiva,
cuando en realidad su accionar es el único modo
que tienen de calmar sus carencias; dan,
dan y dan; pero no retienen.
Siguen dando y se sienten vacíos.
Pero también podemos encontrar
seres humanos-fuente, que son verdaderos
manantiales de vida.
Capaces de dar sin vaciarse,
de regar sin decrecer,
de ofrecer su agua sin quedarse secos.
Son aquellos que nos salpican "gotitas" de amor,
confianza y optimismo,
iluminando con su reflejo nuestra propia vida.
viernes, 23 de septiembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
jueves, 15 de septiembre de 2011
LA SONRISA
Muchos conocen bien El principito, un libro maravilloso escrito por Antoine de Saint-Exupéry. Es un libro que, sin dejar de ser un cuento para niños, es también un recurso maravilloso para estimular el pensamiento en los adultos. Muchos menos son los que tienen conocimiento de otros escritos, novelas y cuentos del autor.
Saint-Exupéry era un piloto de caza que luchó contra los nazis y murió en acción. Antes de la segunda guerra mundial, luchó contra los fascistas en la guerra civil española. A partir de aquella experiencia escribió un cuento fascinante con el título de La sonrisa (Le sourire). Éste es el relato que quisiera compartir con ustedes ahora. Aunque no está claro si la intención del autor era escribir un texto autobiográfico o de ficción, yo prefiero creer en la primera posibilidad.
Cuenta el autor que, capturado por el enemigo, lo confinaron en una celda. Por las miradas desdeñosas y el rudo tratamiento que recibió de sus carceleros, estaba seguro de que al día siguiente lo ejecutarían. A partir de aquí contaré la historia tal como la recuerdo, con mis propias palabras.
«Estaba seguro de que me matarían, y me fui poniendo tremendamente inquieto y nervioso. Repasé mis bolsillos en busca de algún cigarrillo que pudiera haber quedado en ellos pese al registro y encontré uno que, con manos temblorosas, apenas pude llevarme a los labios. Pero no tenía fósforos; eso sí se lo habían llevado.
»Por entre los barrotes miré a mi carcelero, que evitaba mantener contacto conmigo. Después de todo, nadie intenta mirar a los ojos a una cosa, a un cadáver. Decidí preguntarle:
»—¿Tiene fuego, por favor?
»Me miró, se encogió de hombros y se acercó a encenderme el cigarrillo.
»Mientras se acercaba para encender el fósforo, sin intención alguna, nuestros ojos se cruzaron. En ese momento, sin saber por qué, le sonreí. Quizá fuera por nerviosismo, tal vez porque cuando dos personas están muy cerca una de otra es muy difícil no sonreír. En todo caso, le sonreí. En ese instante fue como si se encendiera una chispa en nuestros corazones, en nuestras almas: éramos humanos. Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los barrotes y provocó otra sonrisa en sus labios. Me encendió el cigarrillo y se quedó cerca, mirándome directamente a los ojos, sin dejar de sonreír.
»También yo seguí sonriéndole; ahora ya lo veía como a una persona, no como a un simple carcelero. Pareció como si el hecho de que me mirara hubiera cobrado también una nueva dimensión.
»—¿Tienes hijos? —me preguntó.
»—Si, mira.
»Saqué la cañera y busqué las fotos de mi familia. Él también sacó las fotos de sus hijos y empezó a hablar de los planes y las esperanzas que ellos le inspiraban. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas. Le dije que temía no volver a ver nunca a mi familia, no poder llegar a verlos crecer. A él también se le humedecieron los ojos.
»De pronto, sin decir nada más, abrió la puerta y sin añadir palabra me guió hacia la salida. Ya fuera de la cárcel, silenciosamente y por callejas apartadas, me condujo fuera de la ciudad. Allí, ya casi en el límite, me dejó en libertad y, sin una palabra más, regresó.
»Aquella sonrisa me había salvado la vida.
Sí, la sonrisa... el contacto espontáneo, natural, no afectado entre las personas. Éste es un episodio que cuento en mi trabajo porque me gustaría que la gente pensara en que, debajo de todas las capas defensivas que construimos para protegernos, para proteger nuestra dignidad, nuestros títulos, nuestros grados, nuestro estatus y nuestra necesidad de que nos vean de tal o cual manera... por debajo de todo eso, sigue estando, auténtico y esencial, lo que somos. No me asusta llamarlo alma. Realmente, creo que si esa parte de ti y esa parte de mí pudieran reconocerse la una a la otra, no seríamos enemigos. No podríamos sentir odio ni envidia ni miedo. Con tristeza llego a la conclusión de que todos esos estratos que tan cuidadosamente vamos construyendo a lo largo de toda la vida, nos distancian de los demás y nos aíslan de cualquier auténtico contacto con ellos. El relato de Saint-Exupéry nos habla de ese momento mágico en que dos almas se reconocen.
No he tenido más que unos pocos momentos como aquél. Enamorarse es un ejemplo y también observar a un bebé. ¿Por qué sonreímos cuando vemos un bebé? Quizá sea porque vemos a alguien que aún no tiene todas esas barreras defensivas, alguien que, bien lo sabemos, cuando nos sonríe lo hace de forma totalmente auténtica y sin engaños. Y el alma de bebé que seguimos llevando dentro sonríe con melancólico agradecimiento.
McCarty
Saint-Exupéry era un piloto de caza que luchó contra los nazis y murió en acción. Antes de la segunda guerra mundial, luchó contra los fascistas en la guerra civil española. A partir de aquella experiencia escribió un cuento fascinante con el título de La sonrisa (Le sourire). Éste es el relato que quisiera compartir con ustedes ahora. Aunque no está claro si la intención del autor era escribir un texto autobiográfico o de ficción, yo prefiero creer en la primera posibilidad.
Cuenta el autor que, capturado por el enemigo, lo confinaron en una celda. Por las miradas desdeñosas y el rudo tratamiento que recibió de sus carceleros, estaba seguro de que al día siguiente lo ejecutarían. A partir de aquí contaré la historia tal como la recuerdo, con mis propias palabras.
«Estaba seguro de que me matarían, y me fui poniendo tremendamente inquieto y nervioso. Repasé mis bolsillos en busca de algún cigarrillo que pudiera haber quedado en ellos pese al registro y encontré uno que, con manos temblorosas, apenas pude llevarme a los labios. Pero no tenía fósforos; eso sí se lo habían llevado.
»Por entre los barrotes miré a mi carcelero, que evitaba mantener contacto conmigo. Después de todo, nadie intenta mirar a los ojos a una cosa, a un cadáver. Decidí preguntarle:
»—¿Tiene fuego, por favor?
»Me miró, se encogió de hombros y se acercó a encenderme el cigarrillo.
»Mientras se acercaba para encender el fósforo, sin intención alguna, nuestros ojos se cruzaron. En ese momento, sin saber por qué, le sonreí. Quizá fuera por nerviosismo, tal vez porque cuando dos personas están muy cerca una de otra es muy difícil no sonreír. En todo caso, le sonreí. En ese instante fue como si se encendiera una chispa en nuestros corazones, en nuestras almas: éramos humanos. Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los barrotes y provocó otra sonrisa en sus labios. Me encendió el cigarrillo y se quedó cerca, mirándome directamente a los ojos, sin dejar de sonreír.
»También yo seguí sonriéndole; ahora ya lo veía como a una persona, no como a un simple carcelero. Pareció como si el hecho de que me mirara hubiera cobrado también una nueva dimensión.
»—¿Tienes hijos? —me preguntó.
»—Si, mira.
»Saqué la cañera y busqué las fotos de mi familia. Él también sacó las fotos de sus hijos y empezó a hablar de los planes y las esperanzas que ellos le inspiraban. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas. Le dije que temía no volver a ver nunca a mi familia, no poder llegar a verlos crecer. A él también se le humedecieron los ojos.
»De pronto, sin decir nada más, abrió la puerta y sin añadir palabra me guió hacia la salida. Ya fuera de la cárcel, silenciosamente y por callejas apartadas, me condujo fuera de la ciudad. Allí, ya casi en el límite, me dejó en libertad y, sin una palabra más, regresó.
»Aquella sonrisa me había salvado la vida.
Sí, la sonrisa... el contacto espontáneo, natural, no afectado entre las personas. Éste es un episodio que cuento en mi trabajo porque me gustaría que la gente pensara en que, debajo de todas las capas defensivas que construimos para protegernos, para proteger nuestra dignidad, nuestros títulos, nuestros grados, nuestro estatus y nuestra necesidad de que nos vean de tal o cual manera... por debajo de todo eso, sigue estando, auténtico y esencial, lo que somos. No me asusta llamarlo alma. Realmente, creo que si esa parte de ti y esa parte de mí pudieran reconocerse la una a la otra, no seríamos enemigos. No podríamos sentir odio ni envidia ni miedo. Con tristeza llego a la conclusión de que todos esos estratos que tan cuidadosamente vamos construyendo a lo largo de toda la vida, nos distancian de los demás y nos aíslan de cualquier auténtico contacto con ellos. El relato de Saint-Exupéry nos habla de ese momento mágico en que dos almas se reconocen.
No he tenido más que unos pocos momentos como aquél. Enamorarse es un ejemplo y también observar a un bebé. ¿Por qué sonreímos cuando vemos un bebé? Quizá sea porque vemos a alguien que aún no tiene todas esas barreras defensivas, alguien que, bien lo sabemos, cuando nos sonríe lo hace de forma totalmente auténtica y sin engaños. Y el alma de bebé que seguimos llevando dentro sonríe con melancólico agradecimiento.
McCarty
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